Hay noticias que importan menos por lo que cuentan y más por lo que delatan. La creación de RAISE US en Estados Unidos es una de ellas. Sobre el papel es una fundación sin ánimo de lucro que nace para reciclar profesionalmente a los trabajadores que la inteligencia artificial deja atrás. En la práctica es algo bastante más incómodo: las mismas empresas que están construyendo las herramientas capaces de vaciar oficinas enteras están poniendo dinero encima de la mesa para pagar la red que amortigüe esa caída.
Llevo tiempo escribiendo sobre la IA y su impacto en el mundo, últimamente muy centrado en el terreno de Google. Pero esta historia es más global, y creo que dice más sobre hacia dónde vamos que cualquier benchmark de modelos.
Qué es RAISE US y por qué no es una noticia más
RAISE US arranca con más de 500 millones de dólares ya comprometidos, sobre una meta de 1.000 millones a varios años vista. La dirige una pareja que, en cualquier otro contexto, sería impensable verla colaborar: la demócrata Gina Raimondo, exsecretaria de Comercio con Biden, junto al exgobernador republicano de Indiana Eric Holcomb. La IA ha conseguido lo que la política estadounidense lleva una década sin lograr: sentar a demócratas y republicanos en la misma mesa.
Pero el dato que de verdad me parece revelador es la lista de donantes. Amazon, Microsoft, IBM, Cisco, Bank of America, la farmacéutica Eli Lilly… y, por supuesto, Anthropic y la fundación de OpenAI. Es decir, los fabricantes del problema financiando la solución.
Conviene leer esto con frialdad. Cuando los laboratorios que más saben sobre la capacidad real de sus modelos invierten cientos de millones en preparar a la población para la sacudida laboral, no lo hacen por filantropía pura ni por marketing. Lo hacen porque internamente ya han descontado un escenario de desplazamiento masivo como algo plausible, no como titular alarmista. Dario Amodei (Anthropic) lleva meses diciendo que hasta la mitad de los empleos de oficina de recién graduados podría desaparecer en cinco años. Sam Altman ha financiado estudios sobre renta básica universal. El CEO de SAP, Christian Klein, ha llegado a decir que en tres o cuatro años quizá ya no quede nadie desarrollando software en su empresa. RAISE US es la traducción de ese pesimismo a dinero contante.
Y los números de fondo acompañan: Goldman Sachs calcula que unos 300 millones de empleos en el mundo se verán afectados por la automatización de la IA generativa. En EEUU, la tasa de paro de los jóvenes de 22 a 25 años en puestos expuestos a la IA ha subido casi tres puntos desde principios de 2025. La generación que tendría que estar subiendo el primer peldaño de la escalera laboral es justo la que se está quedando sin escalón.
¿Altruismo, autoconservación o las dos cosas?
Hay una lectura más incómoda, y creo que más honesta. ¿Y si parte de esta generosidad fuera, también, instinto de supervivencia?
Pensemos a quién tenemos en la lista de donantes. Amazon, Microsoft, Bank of America… empresas cuyo negocio depende, en última instancia, de una cosa: que millones de personas tengan dinero en el bolsillo para gastarlo. Es la vieja paradoja que ya entendió Henry Ford cuando subió el sueldo a sus obreros para que pudieran comprarse el coche que fabricaban: de poco sirve construir la máquina perfecta para producir si destruyes por el camino a quien tiene que consumir lo producido. Una economía que automatiza a su propia clientela se dispara en el pie. Mantener la capacidad de gasto de la gente no es caridad para estas compañías; es protegerse el mercado.
Y hay una segunda capa, más política. Millones de personas expulsadas de golpe del mercado laboral, con una red de protección que en EEUU apenas cubre a uno de cada cuatro parados, no son solo un drama humano: son combustible para la inestabilidad. La historia enseña que el desempleo masivo y la precariedad acelerada no terminan en resignación, sino en populismo, en reacción anti-tecnológica, en gobiernos dispuestos a trocear monopolios o a gravar a la riqueza, cuando no en algo peor. Para una industria que necesita estabilidad regulatoria y libertad de movimiento para seguir creciendo, ese escenario es una amenaza existencial. Vista así, RAISE US es también una póliza de seguro barata: mil millones para comprar paz social y, sobre todo, licencia para seguir operando sin que el péndulo político se les vuelva en contra.
Conviene, eso sí, no caer en el cinismo fácil. Lo más probable es que aquí convivan las tres cosas —preocupación sincera, interés propio y buena imagen— y que ni siquiera los protagonistas sepan dónde acaba una y empieza la otra. Lo verdaderamente revelador es la contradicción de fondo: la misma mano que fabrica y vende el hacha es la que paga la red para amortiguar la caída.
El modelo americano: ágil, privado y reactivo
Lo interesante de RAISE US no es solo qué hace, sino cómo lo hace, porque dibuja con nitidez la diferencia con Europa.
El sistema estadounidense de protección al desempleado es muy débil: solo en torno al 27 % de los parados cobra prestación. Ante esa fragilidad, la respuesta no llega del Estado, sino de una coalición privada que se mueve rápido, con capital de las grandes tecnológicas, y que ya tiene pilotos en marcha en cuatro estados (orientación laboral con IA en Arkansas, cursos remunerados de nueve meses orientados a sanidad en Maryland). RAISE US incluso plantea reformar el subsidio para que un trabajador pueda seguir cobrando mientras se forma o monta un negocio, algo que en España ya existe en ciertos supuestos.
Es un modelo reactivo —se construye el bote salvavidas cuando el barco ya hace agua— pero brutalmente ágil. Y aquí hay una advertencia que no conviene ignorar: un análisis de Brookings de 2025 revisó décadas de programas de reorientación laboral y concluyó que sus resultados han sido, en el mejor de los casos, modestos. Reciclar a gran escala es dificilísimo. Que lo intenten con mil millones y la implicación directa de la industria no garantiza que funcione; solo garantiza que se intenta en serio.
Europa: ¿se está quedando atrás? Sí y no
Aquí toca matizar, porque la narrativa fácil del «Europa pierde el tren de la IA» es media verdad.
En protección social, Europa va por delante, no por detrás. Mientras EEUU improvisa una red privada, la UE acaba de reformar el Fondo Europeo de Adaptación a la Globalización para que las ayudas lleguen antes del despido, a quien está en riesgo inminente, y no solo cuando ya está en la cola del paro. Se aprobó con 566 votos a favor y estará disponible hasta 2027. A eso se suma todo el andamiaje del Pacto por las Capacidades, la Unión de Capacidades, las microcredenciales o las Cuentas Individuales de Aprendizaje. Y el subsidio europeo, el español en particular, es muchísimo más garantista que el estadounidense. Si la pregunta es «¿quién protege mejor al trabajador desplazado?», la respuesta es Europa, sin discusión.
El problema es que Europa se está quedando atrás en lo que de verdad importa para no depender de nadie:
- Velocidad y capital privado. Lo que en EEUU se monta en semanas con mil millones de dólares privados, aquí se articula en reglamentos, programas operativos y convocatorias plurianuales. Proteger es necesario; pero proteger despacio mientras el mundo se mueve deprisa tiene un coste.
- Soberanía tecnológica. El propio CEO de Mistral lleva tiempo avisando de que a Europa se le acaba el tiempo para construir infraestructura de IA propia. Y este es el nudo: podemos tener el mejor sistema de reciclaje del mundo, pero si las herramientas que generan el desplazamiento son todas estadounidenses o chinas, estaremos reentrenando a nuestra gente para usar tecnología ajena, capturando aquí los costes sociales y allí el valor.
- Mentalidad. EEUU trata esto como una emergencia estratégica. Europa, demasiadas veces, como un expediente administrativo más de la transición digital.
Mi opinión, sin adornos: el riesgo europeo no es quedarnos sin red, es convertirnos en un museo bien conservado de derechos laborales —protegemos de maravilla los empleos de ayer— mientras otros crean los de mañana y nos venden las máquinas que los crean. Proteger sin construir capacidad propia no es soberanía, es dependencia subvencionada. La buena noticia es que la red social europea es una ventaja real si la combinamos con ambición tecnológica. La mala es que esa combinación, hoy, no está ocurriendo a la velocidad necesaria.
Y ahora aterricémoslo: ¿qué tiene que ver todo esto con el turismo?
Mucho, y por eso me interesa especialmente. Cuando se habla del apocalipsis laboral de la IA, la imagen mental es la del programador o el administrativo. Pero el turismo —columna vertebral de la economía española— ya está recibiendo el golpe, solo que de forma más silenciosa.
Los datos son tozudos. Lufthansa eliminará unos 4.000 puestos administrativos de aquí a 2030 apoyándose abiertamente en la automatización. United Airlines recorta un 4 % de su plantilla directiva en 2025 y otro 4 % en 2026 porque la IA ya automatiza tareas de planificación y revenue management. Booking.com ha anunciado hasta 1.000 bajas mientras reinvierte en IA generativa, con la previsión de 450 millones de dólares anuales en «eficiencias». Expedia ha recortado en torno al 3 %, y reconoce que sus agentes virtuales ya resuelven más de la mitad de las consultas de clientes. Solo en EEUU, distintos recuentos atribuyen decenas de miles de despidos directamente a la IA.
Ahora bien, casi todos los análisis serios del sector coinciden en una idea que comparto: en turismo no estamos ante una destrucción neta de empleo, sino ante una reconfiguración profunda del mapa laboral. Lo que desaparece es muy concreto:
- El back office: facturación, gestión de reservas, pagos, revenue management repetitivo.
- La atención al cliente estandarizada, ya en manos de bots conversacionales.
- La agencia de viajes tradicional enfocada solo a tramitar billetes.
- Y, otra vez, los perfiles junior, los de entrada, los que servían de puerta al sector.
Lo que resiste, y resistirá, es justo lo contrario: el factor humano insustituible. El viaje no es una ecuación de variables optimizadas; es expectativa, deseo, incertidumbre. Seis de cada diez turistas españoles ya usan IA para planificar, pero una mayoría no está dispuesta a delegar del todo sus vacaciones en un algoritmo. Donde la IA responde rápido, el humano interpreta mejor. El célebre hotel japonés Henn na, operado casi íntegramente por robots, tuvo que prescindir de la mitad de su «plantilla» autómata porque generaba más problemas que soluciones. Esa lección sigue vigente.
El punto incómodo para un destino
Aquí está, para mí, el verdadero nudo estratégico, y enlaza directamente con la noticia de RAISE US.
El turismo ha funcionado siempre como gran ascensor social y primer empleo: el recepcionista, el agente junior, el administrativo de agencia, el camarero que empieza. Es exactamente la franja que la IA toca primero. Si esos peldaños de entrada se automatizan, ¿por dónde entra la próxima generación al sector? Es el mismo problema que señala Amodei con los recién graduados, pero trasladado a una economía regional que vive del turismo. Proteger al trabajador veterano está bien; pero si no pensamos en quién y cómo entra al sector, hipotecamos la cantera.
Y al mismo tiempo se abren huecos nuevos: arquitectura de datos, análisis de comportamiento del viajero, gobernanza y cumplimiento normativo de la IA, consultoría de transformación digital, gestión de sostenibilidad. No es casualidad que el Tourism Innovation Summit de este año (Sevilla, 6–8 de octubre, en FIBES) gire entero en torno a esto, ni que congresos como el Tecno Travel Agency de Málaga ya hablen abiertamente de IA agéntica y copilotos en las agencias. El sector sabe lo que se le viene encima.
La pregunta del millón es la misma que plantea RAISE US: ¿vamos a tratar el reciclaje del talento turístico como una emergencia estratégica, con capital y velocidad, o como un programa institucional más, lento y compartimentado? Porque la batalla no se va a ganar en el empleo neto —ahí el saldo puede incluso ser razonable—, sino en la brecha de capacitación. El destino que consiga que su gente domine estas herramientas antes de que su puesto actual desaparezca, ganará. El que se limite a proteger lo existente, perderá despacio.
Cualquier estrategia de transformación digital del turismo que se precie no puede quedarse en adoptar tecnología. Tiene que llevar incorporado, desde el primer día, un eje laboral y formativo serio. Si no, estaremos digitalizando destinos y, a la vez, desmantelando la escalera por la que sube su talento.
En resumen
RAISE US no es noticia por los 500 millones. Es noticia porque es una confesión: los que mejor conocen la IA ya están pagando por el paro que va a provocar. Europa tiene la mejor red de seguridad del mundo, pero corre el riesgo de usarla para frenar la caída en lugar de para impulsar el salto. Y el turismo —tan nuestro— es el laboratorio perfecto para comprobar si somos capaces de hacer las dos cosas a la vez: proteger a quien ya está dentro y abrir la puerta a quien todavía no ha entrado.
La IA no va a destruir el turismo. Pero sí va a decidir, en muy pocos años, qué destinos lo entendieron a tiempo y cuáles se quedaron mirando desde la barrera.
Fuente original de la noticia: Xataka — «EEUU se ha dado cuenta de que millones de trabajadores no tienen futuro por la IA». Datos de empleo turístico a partir de informes recogidos por Skift, Goldman Sachs, Brookings y la cobertura sectorial de TIS 2026.